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No solo en Navidad, sino durante todo el año, la alegría que brindas a los demás, de algún modo regresa a vos.
Cada vez que comienzo a ponerme nervioso con los preparativos navideños, y me aturden los villancicos que se escuchan en los negocios repletos de gente, recuerdo una Navidad de hace muchos años cuando yo era un maestro muy joven. La escuela bullía con los preparativos para los días especiales que se aproximaban. Debíamos hacer muchas cosas. Teníamos que decorar nuestras aulas, ensayar la parte que nos habían asignado en la obra de Navidad, planificar el viaje para cantar en un hogar para ancianos de la zona y, por supuesto, prepara con anticipación los regalos para papá y mamá. Un día antes que comenzara el receso escolar. La directora me llamó a su oficina. Nuestra directora que, por lo general era muy tranquila y medida, se encontraba sumente ansiosa. - ¡Hemos perdido a nuestro Papá Noel!- exclamó angustiada. El Señor López está enfermo. Está muy resfriado y es probable hasta que tenga una neumonía. Me parecía imposible que el señor López, el portero de nuestra escuela, se encontrara enfermo. Era un hombre robusto y jovial de rostro sonriente y brillante con unas mejillas sonrosadas que le hubieran valido la envidia de cualquier otro Papá Noel. Todavía no me había repuesto totalmente del impacto que me causó la noticia, cuando escuché que la directora sugería que siendo yo el único hombre restante en la escuela (en ésa época había muy pocos maestros en las escuelas primarias), debía reemplazarlo. Me explicó que había pensado reemplazarlo ella misma, pero una mujer Papá Noel no sería lo mismo. La idea me pareció una locura. En primer lugar en esa época yo era tan delgado que tenía que comprarme la ropa en un talle para niños. Y si bien lograba emitir una voz resonante cuando era necesario, sabía que no lograría reproducir el tradicional "JO, JO, JO!", tan importante para un auténtico Papá Noel. -Pero no me parezco para nada a Papá Noel, los chicos se darán cuenta de inmediato y se pondrán a reir. -Tonterías- me aseguró usted será un magnífico Papá Noel. Es muy simple. Lo único que tiene que hacer es visitar cada aula con la bolsa de juguetes. Cuando vea a los niños salúdelos y muéstrese muy alegre, reparta los bastones de caramelo y después dirijase rápidamente a la siguiente aula. Yo llevaré las campanas. Me dio el enorme traje de Papá Noel, ¡cámbiese rápido! me dijo, regresó a los pocos minutos y comenzó a rellenar el traje de Papá Noel, me colocó la gorra sobre la peluca blanca, me pegó la barba y me pintó las mejillas de un rojo brillante. Cuando terminó me miré al espejo y me sorprendí al descubrir que tenía todo el aspecto de un repetable Papá Noel. Me ajusté el cinturón negro alrededor de mi panza de almohadas y la seguí hasta el corredor mientras ella hacía repicar las campanas. Bueno primero iremos al Jardín de Infantes, me dijo cuando nos acercábamos a la clase N° 1. La respuesta a mi llegada fue ensordecedora. La habitación se llenó con el sonido de los aplausos y los gritos de la alegría. Los niños me rodearon con ojos brillantes y extendiéndo las manos, y al aferrarse a mis piernas delgadas, casi me bajan los enormes pantalones hasta los tobillos. ¡JO, JO, JO! me escuché decir ya que no se me ocurría nada más creativo - ¿Todos los niños y las niñas se portaron bien?... Tengo caramelos para todos....les dije, de inmediato me vi aplastado por una multitud de cuerpos diminutos enloquecidos. Con voz firme la maestra me salvó que me asfixiaran. Rápidamente recuperé mi perdida dignidad y comencé a repartir los bastones de caramelo entre las ansiosas manos que se dirigían hacia mi. No había visto jamás unas caritas tan felices ni una alegría tan sincera. A ellos no les importaba que mi bigote se hubiera despegado ni que mi gigantesco estómago se hubiera deslizado hacia mis piernas. A los niños no les importaban esos detalles. Yo era Papá Noel y eso era lo único realmente importante. Ese espíritu de alegría se repitió en cada una de sus aulas, prescindiendo de la edad de los niños. Aunque al principio me había sentido raro y tenso, al poco tiempo la magia de lo que estaba sucediendo se apoderó de mi. Descubrí de pronto que estaba actuando como si fuera el amable anciano en persona, aquel que regala cosas buenas, el que renueva las esperanzas, el que hace magia. Durante ese lapso sentí que realmente podía convertir los sueños en realidad y lo mundano en algo maravilloso. Por primera vez me di cuenta del poder que encierra el símbolo de Papá Noel. Con un ¡JO, JO, JO!, él que puede llenar de sol un aula gris y convertir a una escuela triste en un lugar maravilloso. Cuando regresé a la oficina de la directora quince aulas más tarde, me encontraba en un estado calamitoso. Me quité el traje y el maquillaje. La directora y las maestras vinieron a felicitarme por mi gran actuación y me aseguraron que había salvado la Navidad. Más tarde cuando me dirigí al estacionamiento de la escuela, la mayoría de los autos no estaban allí. Había dejado a Papá Noel donde lo encontré, extendido sobre el escritorio de la directora. Cuando estaba por abrir la puerta de mi auto vi acercarse a uno de los niños devorando el bastón de caramelo que Papá Noel le había regalado. -¿Qué te pareció Papá Noel le pregunté? Oh! Estuvo bárbaro señor B Me quedé helado Así que los niños me habían reconocido desde un principio pero no les importó. No esperaban al verdadero Papá Noel, cualquier símbolo era suficiente para ellos, hasta uno bastante delgado y desaliñado. Ahora, durante la temporada navideña, cuando me siento presionado por los preparativos y todas las trampas de una Navidad comercializada, me detengo a recordar lo que me enseñaron los niños en ese día especial. Papá Noel no es Papá Noel por su traje ni tampoco es Navidad pórque se cuelguen guirnaldas y luces de colores, ni por el sonido de las cajas registradoras. Entonces, como si fuera un niño, saboreando un bastón de caramelo, regreso a casa renovado y dispuesto a celebrar el verdadero y extraordinario milagro de la Navidad. Leo Buscaglia Siete Historias de Amor en Navidad
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